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lunes, 13 de febrero de 2012

La Mitad de la Niña


No le tenía miedo a la oscuridad, ni a monstruos en placares que poco conocía. Nunca se escondió bajo una manta con linternas para leer un cuento cuando la mandaban a dormir. Desconocía el verdadero significado de juguetes. Compartía más de lo que merecía. Estaba acostumbrada a diferenciar climas pero los afrontaba todos de la misma forma. Fue ella misma quien descubrió esos temas que se charlan entre amigas. Su única compañía era un oso de felfa que un anciano le regaló en navidad, en aquel comedor público donde de vez en cuando le quitaban la manía de revisar tachos de basura.

Sus cabellos castaños se enredaban fácilmente por su largo hasta la cintura. Malena era la más pequeña, de cinco hermanos, todos los demás hombres. Eso es lo que le dijeron por ahí. Su familia se reducía a desconocidos que ella seguía, compañías de la calle casi todos hombres grandes que se compadecían y la acompañaban días hasta que una borrachera hacía olvidar que la pequeña estaba con ellos. Después a recorrer las calles y perderse en una multitud de lugares que conocía sólo por ubicación, pues con apenas siete años todavía no sabía leer.

Eran las seis de la mañana y estaba sola, cuando vio amanecer desde aquel lumbral que servía de cama y dos cartones prestados que consideraba una gran almohada. Su pequeña mochila que siempre la acompañaba estaba cubierta por una princesa cuyo vestido rosa resaltaba sobre un fondo negro ya gris por tanto polvo. La miró de reojo y no dudó en agarrarla inmediatamente. La abrió con fuerza, tratando de no quebrar más la costura del cierre que se trababa seguido. Tomó un papel cuyo reverso estaba impreso con una propaganda de autos y comenzó a dibujar con un lápiz tan consumido como su ropa. Trazaba líneas y reía a carcajadas como si fuese el momento más feliz del día. Pues lo era, sentada con las piernas cruzadas miraba la calle vacía de un pasaje por Palermo. Luego de diez minutos alzó el papel y lo puso a la altura del sol en el horizonte, allá estaba completando la mitad de la imagen que dibujó en el borde del papel. Mitad realidad, mitad sol dibujado… y ella carcajeaba como una locura incurable. Enfrente un joven bien vestido la miraba encantando quitándose la mochila de su hombro. No lo creía o sospechaba no hacerlo. Algo dentro de él le decía que capas podía cambiar la vida de la pequeña y volver a vivir la suya. Revolvió la mochila ahora de cuclillas y apurado mirando de reojo que la princesa de enfrente no huya a un nuevo castillo. De pronto encontró un papel doblado en cuatro que abrió rápidamente. Fue en ese momento donde sintió el escalofrío que esperó durante tanto tiempo. Cruzó de vereda y se sentó igual que la niña justo enfrente de ella. Aquella doncella sonrió poniendo la cabeza de costado y dulcemente extendió su mano para estrecharla con Pablo. Los ojos del joven se llenaron de lágrimas rápidamente y su mano comenzó a temblar. Ella asustada lo soltó y retrocedió un centímetro hacia atrás. Tomando sus piernas como escudo se escondió bajo el techo que había abandonado para dibujar y le preguntó por qué lloraba. Unos minutos de charla amistosa rompieron el hielo, luego Pablo tomó su mochila y le entregó un cuaderno de espirales nuevo. Los ojos de Malena estallaron de felicidad y lo abrazó como si no lo pudiese soltar más.

Caminaron el resto del día juntos hasta que se hizo de noche, horas en que Malena tendría que volver a su realidad. Algo de Pablo le daba la confianza para no soltarle su mano y observarlo desde abajo con miradas cómplices. Habían ido a comer pizza y helado, todo nuevo para la pequeña. Justo después de salir de la pizzería ubicada por la vieja calle Serrano, él le pidió como todas las calles que cruzaron que le de la mano por seguridad y fui ahí donde notó la esclava de oro que tenía Malena en su muñeca derecha. Una pulsera muy fina que se perdía en polvo. Un instante después su corazón paró por unos segundos y se dio cuenta que su papel, aquel que tomó de su mochila cuando la vio por primera vez tenía el significado que pensó. Tomándola de los hombros la subió a un taxi, ella encantada le preguntó “Vamos a buscar amigos nuevos?” .. “Sí, a los que te quieren ver hace mucho…”. Bajaron del auto justo en la puerta de una casa antigua. En la entrada una anciana vecina que hablaba sola, un saludo al aire y entraron.

De pronto la pequeña soltó la mano y se inmovilizó en medio del pasillo, sin avanzar ni retroceder. Tomó su mochila agarrándola fuertemente con sus brazos y le preguntó que harían. En ese momento tres jóvenes salieron por la puerta del fondo desesperadamente y empezaron a correr hacia la niña. El brazo de Pablo los frenó bruscamente y les pidió que vayan despacio. Fue entonces donde comenzaron a vaciar sus bolsillos con dibujos del estilo que Malena hacia y sentándose en el piso junto a ella, en la mitad del pasillo la observaron por largos minutos. Se emocionaron y lloraron abrasándola sin consuelo. Fue entonces donde la niña tomó todos los dibujos y los unió con los suyos. Entendió que los que llevaba en su mochila completaban  aquellos que antes de perderse un año nuevo había dejado tirados por su vieja casa. Ahora estaban completos igual que una familia, la cual vivió por cuatro años rota, hasta que un vecino les comentó de aquella niña que reía sola por las calles del barrio. 

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