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domingo, 6 de mayo de 2012

Siempre a tu lado


Te pedí que le pongas azúcar. Susurraba molesta mientras revolvía la cuchara de plata, en la taza de porcelana amarilla. La miraba como si sus ojos le dieran el ingrediente secreto para que el café que estaba terminando en su lugar, tuviera que salir perfecto. Enfrente de ella una mesada de mármol gris oscuro iluminada en la noche por la única luz de la cocina, que salía de su techo, las alacenas muy bien colocadas a lo largo de esta.

Hacía dos semanas que una molesta sensación de enojo la seguía durante toda la casa, sentía que él la miraba riéndose simpáticamente de ella. Eso la enfurecía. Siempre tan orgullosa de reconocer cuanto lo amaba y a pesar de que se consideraba muy autosuficiente no lograba juntar las ganas de salir de su casa. Permanecía encerrada día y noche con sus mejores vestuarios de gala para dormir. Sus largos camisones de seda pura, colorados, rosas, blancos… y algún día habrá usado uno negro pero sólo por el motivo de tener que lavar los anteriores.

Otra vez?! … control remoto jamás en el borde del sofá, ya se te cayó siete veces Jorge! Gritaba sacándolo bruscamente con su mano, mientras que en la otra sostenía una sopa. Se sentó en aquél sagrado asiento de su marido pensando en como le haría frente sin problema cuando, éste molesto venga a decirle que se corra. A su frente un televisor de pantalla plana que habían traído de su luna de miel en Marruecos, varios otoños atrás. Quince otoños para ser precisos. Al no ver algo que le agrade en su TV, apoyó el tazón en su mesa ratona de roble claro que interrumpía su paso al frente y se reincorporó como lo haría en unos años más. Dio un paseo por la casa que de vecina tenía a un océano plagado de historias. Tomó la perilla de la puerta y entró al baño reluciente donde la esperaba su peor enemigo. Acomodó un par de cosas fingiendo que no lo miraba. Se sentó en el borde del jacuzzi, se tapó con su bata del mismo color miel que su camisón, cruzó las piernas y brazos y levantó la vista. A su costado derecho la salida, enfrente de ella la realidad. Este hombre no puede tapar el dentífrico dios mio! Se lo digo cada día… negaba la cabeza como si le hablase a una pared. Cuando tomó su reproche y lo colocó en una copa de vidrio que lo sostenía, vio unas manos familiares, subió la mirada y se vio. Ahí estaba. Su pelo rubio desgastado, sus ojos hinchados sostenidos por unas ojeras profundas que desembocaban en un rostro consumido por pastillas para dormir. Apenas resaltaban sus cristales verdes ocultos tras parpados que esquivaban la mirada del espejo. Delante de ella una repisa llena de cremas importadas. En la punta un blíster de pastillas blancas, las tomó como siempre y salió. Se dirigió a la habitación y con un vaso de agua que tomó en el camino, apoyó una de las pastillas en la mesa de luz de su marido… Cuando vuelva no quiero verla, te conozco, susurró.  
Caminando de nuevo esta vez para el balcón de la habitación que daba a la playa escuchó un sonido y al grito de Atendé Jorge, siguió su destino. Finalmente su estadía duró segundos ya que volvió apurada a atender… Siempre con tu manía de que dejen mensaje, para qué tenemos teléfono?! … Pero no logró levantar el tubo, se bloqueó y cortaron. De pronto volvió a sonar, Sí diga, respondió ella. Ema soy Lucas, ya están lo de tu marido, cuando vas a pasar por el estudio, necesitamos que firmes los papeles de las propiedades. – Ya voy a ir Lucas. Tomando el tubo con la otra mano cortó rápidamente y volvió al balcón. En su camino vio de reojo la mesa de luz de su marido. La pastilla seguí intacta y el agua copiaba su comportamiento. Jorge por Dios, quedamos muy bien que si tomabas la pastilla no te molestaba más, dijo cansada tomando un poco de agua del vaso mientras sostenía el comprimido con la otra. Apoyó el mismo en la mesa nuevamente y dejó caer sus manos sobre las piernas como cualquier jovencita decepcionada. Miró a su frente y una brisa de mar entró por la puerta de vidrio abierta de par en par, escondida detrás de unas cortinas blancas largas que bailaban como carnaval. Jorge vení!... Jorge! Dale mira está amaneciendo, te gusta eso no?, dijo sonriendo entre tanta decadencia. De pronto dio media vuelta su cuerpo y miró atrás. No había nadie. Se levanto rápidamente y ahora mirando la cama lo comprendió. Miro de nuevo la pastilla que sostenía hacia minutos y volvió a mirar adelante. Frente a ella una cama de dos plazas con un lujoso acolchado bordado negro y blanco, pero vacío. Dio un paso hacia atrás, soltó el comprimido y empezó a llorar desconsoladamente. Salió al balcón, se sentó en el borde apoyando su espalda contra la pared del mismo y disfrutó el primer amanecer sola. Se había enamorado en un momento igual y ahora tendría que aprender a vivir viéndolo sin compañía, pues su marido ya no estaría viviendo con ella y su fatal enfermedad. Ahora la miraría desde el cielo o como ella prefiere decirlo, la acompaña a su lado en cada paso. Para comprobarlo le contagió las manías que tenía todos los días, aunque ahora ya no se enoje y sepa que era ella, quien las hacia inconscientemente.


lunes, 13 de febrero de 2012

La Mitad de la Niña


No le tenía miedo a la oscuridad, ni a monstruos en placares que poco conocía. Nunca se escondió bajo una manta con linternas para leer un cuento cuando la mandaban a dormir. Desconocía el verdadero significado de juguetes. Compartía más de lo que merecía. Estaba acostumbrada a diferenciar climas pero los afrontaba todos de la misma forma. Fue ella misma quien descubrió esos temas que se charlan entre amigas. Su única compañía era un oso de felfa que un anciano le regaló en navidad, en aquel comedor público donde de vez en cuando le quitaban la manía de revisar tachos de basura.

Sus cabellos castaños se enredaban fácilmente por su largo hasta la cintura. Malena era la más pequeña, de cinco hermanos, todos los demás hombres. Eso es lo que le dijeron por ahí. Su familia se reducía a desconocidos que ella seguía, compañías de la calle casi todos hombres grandes que se compadecían y la acompañaban días hasta que una borrachera hacía olvidar que la pequeña estaba con ellos. Después a recorrer las calles y perderse en una multitud de lugares que conocía sólo por ubicación, pues con apenas siete años todavía no sabía leer.

Eran las seis de la mañana y estaba sola, cuando vio amanecer desde aquel lumbral que servía de cama y dos cartones prestados que consideraba una gran almohada. Su pequeña mochila que siempre la acompañaba estaba cubierta por una princesa cuyo vestido rosa resaltaba sobre un fondo negro ya gris por tanto polvo. La miró de reojo y no dudó en agarrarla inmediatamente. La abrió con fuerza, tratando de no quebrar más la costura del cierre que se trababa seguido. Tomó un papel cuyo reverso estaba impreso con una propaganda de autos y comenzó a dibujar con un lápiz tan consumido como su ropa. Trazaba líneas y reía a carcajadas como si fuese el momento más feliz del día. Pues lo era, sentada con las piernas cruzadas miraba la calle vacía de un pasaje por Palermo. Luego de diez minutos alzó el papel y lo puso a la altura del sol en el horizonte, allá estaba completando la mitad de la imagen que dibujó en el borde del papel. Mitad realidad, mitad sol dibujado… y ella carcajeaba como una locura incurable. Enfrente un joven bien vestido la miraba encantando quitándose la mochila de su hombro. No lo creía o sospechaba no hacerlo. Algo dentro de él le decía que capas podía cambiar la vida de la pequeña y volver a vivir la suya. Revolvió la mochila ahora de cuclillas y apurado mirando de reojo que la princesa de enfrente no huya a un nuevo castillo. De pronto encontró un papel doblado en cuatro que abrió rápidamente. Fue en ese momento donde sintió el escalofrío que esperó durante tanto tiempo. Cruzó de vereda y se sentó igual que la niña justo enfrente de ella. Aquella doncella sonrió poniendo la cabeza de costado y dulcemente extendió su mano para estrecharla con Pablo. Los ojos del joven se llenaron de lágrimas rápidamente y su mano comenzó a temblar. Ella asustada lo soltó y retrocedió un centímetro hacia atrás. Tomando sus piernas como escudo se escondió bajo el techo que había abandonado para dibujar y le preguntó por qué lloraba. Unos minutos de charla amistosa rompieron el hielo, luego Pablo tomó su mochila y le entregó un cuaderno de espirales nuevo. Los ojos de Malena estallaron de felicidad y lo abrazó como si no lo pudiese soltar más.

Caminaron el resto del día juntos hasta que se hizo de noche, horas en que Malena tendría que volver a su realidad. Algo de Pablo le daba la confianza para no soltarle su mano y observarlo desde abajo con miradas cómplices. Habían ido a comer pizza y helado, todo nuevo para la pequeña. Justo después de salir de la pizzería ubicada por la vieja calle Serrano, él le pidió como todas las calles que cruzaron que le de la mano por seguridad y fui ahí donde notó la esclava de oro que tenía Malena en su muñeca derecha. Una pulsera muy fina que se perdía en polvo. Un instante después su corazón paró por unos segundos y se dio cuenta que su papel, aquel que tomó de su mochila cuando la vio por primera vez tenía el significado que pensó. Tomándola de los hombros la subió a un taxi, ella encantada le preguntó “Vamos a buscar amigos nuevos?” .. “Sí, a los que te quieren ver hace mucho…”. Bajaron del auto justo en la puerta de una casa antigua. En la entrada una anciana vecina que hablaba sola, un saludo al aire y entraron.

De pronto la pequeña soltó la mano y se inmovilizó en medio del pasillo, sin avanzar ni retroceder. Tomó su mochila agarrándola fuertemente con sus brazos y le preguntó que harían. En ese momento tres jóvenes salieron por la puerta del fondo desesperadamente y empezaron a correr hacia la niña. El brazo de Pablo los frenó bruscamente y les pidió que vayan despacio. Fue entonces donde comenzaron a vaciar sus bolsillos con dibujos del estilo que Malena hacia y sentándose en el piso junto a ella, en la mitad del pasillo la observaron por largos minutos. Se emocionaron y lloraron abrasándola sin consuelo. Fue entonces donde la niña tomó todos los dibujos y los unió con los suyos. Entendió que los que llevaba en su mochila completaban  aquellos que antes de perderse un año nuevo había dejado tirados por su vieja casa. Ahora estaban completos igual que una familia, la cual vivió por cuatro años rota, hasta que un vecino les comentó de aquella niña que reía sola por las calles del barrio. 

viernes, 6 de enero de 2012

Un Pequeño Mundo de Fantasía


Mientras jugaba con sus muñecas de porcelana, sentada sobre su alfombra roja importada de algún viaje exótico, desconocía como terminaría la historia. Se escapaba de la realidad imaginando mundos románticos entre juguetes que muchas veces dejaba de lado por creerse grande. En esos momentos que se probaba tacones que ya su madre asumía desaparecidos. Ahora dormían en el placar de roble claro que adornaba su tan prolija alcoba. Con sólo seis años podía diferenciar la actual atmosfera en la que vivía a diario. Su gran casona eran ocho habitaciones llenas de recuerdos y porta retratos que saltaban de un momento feliz a otro, de gente que estuvo cerca y otras que se fueron alejando cuando su anfitriona empezó a crecer, al igual que los momentos difíciles.
Dejando por un instante la casa de muñecas que miraba desde hacia unos segundos con tanta melancolía, retrocedió medio centímetro hacia atrás, colocando sus manos detrás de la espalda y corriendo su cuerpo sentado, mientras tanteaba el control remoto. Ahora su atención era completamente ganada por el televisor plano que tenía arriba de aquel escritorio blanco. Su foto en la pantalla y un titular conmovedor que no sabía leer todavía, hacían reír a la niña. Abajo una cuenta bancaria para depósitos de una esperanza que sus padres tenían desde hace meses. Aquella sonrisa era el milagro que los hacía vivir cada día.
De pronto unas nauseas quitan la expresión de su cara y la hacen correr al baño cercano, al mismo tiempo que la corrida de su madre se siente por los pisos llenos de bloques de juguetes. Tomándola de la espalda llenaba el aire de frases dulces que harían olvidar cualquier daño. Un beso, un abraso y de nuevo a jugar, que esto también pasará.
Un vestido rojo de encaje delicado en sus bordes, combinaba con sus zapatitos de charol de mismo color que una navidad Papá Noel le trajo para sorprenderla. Ahora sentadas ambas en la pequeña mesita de té se transportaban a su mundo privado de responsabilidades y remedios. Chistes y más historias graciosas contaba la adulta hada que estaba con ella. Todo lo que necesitaba para evitar los malhumores habituales que el sueño obligado le daba a la niña. Preparadas y huecas en su interior, la hada colocaba sus pastillas al lado des panecillos con miel, mientras que hacía lo mismo con las reales para la princesita. Un sorbo de las tazas de porcelana azul, una pastilla cada una y un trozo de panecillos. Risas cómplices y volvía a comenzar el juego.  Y el secreto quedaban ahí, todo era un juego entre las grandes amigas.
“Nunca seré igual que cualquier niña mamá, yo tengo ese que se yo que me hace tan especial” … y la respuesta de la hada siempre coincidía en la misma frase: “Nunca serás igual por que sos únicamente hermosa”.
Meses después las tardes encarceladas dentro de la casona fueron calladas materialmente por telas que ocultaban la sonrisa. Pero que no lograban quitársela de los ojos a la princesita. La hada intentando imitarla tomó la misma actitud y se calló para hablar con sus ojos verdes que después heredó la pequeña.
Finalmente ambas decidieron emprender la última aventura. Prepararon los materiales para el nuevo juego. La hada se sentó en una pequeña silla, atrás de ella la princesita se paró en pequeñas puntitas de pies con sus zapatillas blancas, sus jeans azules de botamanga poco notable y su musculosa rosa. En su cabeza un diminuto pañuelo que se quitó para atar en la cabeza de su madre que ahora carecía de pelo como ella, pero por propia voluntad. Ambas descubrieron que el amor, hace evitar la explicación de una operación que retrasó el final feliz y aceleró los efectos de un cáncer infantil.