Te pedí que le pongas azúcar. Susurraba molesta
mientras revolvía la cuchara de plata, en la taza de porcelana amarilla. La
miraba como si sus ojos le dieran el ingrediente secreto para que el café que
estaba terminando en su lugar, tuviera que salir perfecto. Enfrente de ella una
mesada de mármol gris oscuro iluminada en la noche por la única luz de la
cocina, que salía de su techo, las alacenas muy bien colocadas a lo largo de
esta.
Hacía dos semanas que una molesta
sensación de enojo la seguía durante toda la casa, sentía que él la miraba riéndose
simpáticamente de ella. Eso la enfurecía. Siempre tan orgullosa de reconocer
cuanto lo amaba y a pesar de que se consideraba muy autosuficiente no lograba
juntar las ganas de salir de su casa. Permanecía encerrada día y noche con sus
mejores vestuarios de gala para dormir. Sus largos camisones de seda pura,
colorados, rosas, blancos… y algún día habrá usado uno negro pero sólo por el
motivo de tener que lavar los anteriores.
Otra vez?! … control remoto jamás en el borde del sofá, ya se te cayó
siete veces Jorge! Gritaba sacándolo bruscamente con su mano, mientras que
en la otra sostenía una sopa. Se sentó en aquél sagrado asiento de su marido
pensando en como le haría frente sin problema cuando, éste molesto venga a
decirle que se corra. A su frente un televisor de pantalla plana que habían traído
de su luna de miel en Marruecos, varios otoños atrás. Quince otoños para ser precisos.
Al no ver algo que le agrade en su TV, apoyó el tazón en su mesa ratona de
roble claro que interrumpía su paso al frente y se reincorporó como lo haría en
unos años más. Dio un paseo por la casa que de vecina tenía a un océano plagado
de historias. Tomó la perilla de la puerta y entró al baño reluciente donde la
esperaba su peor enemigo. Acomodó un par de cosas fingiendo que no lo miraba. Se
sentó en el borde del jacuzzi, se tapó con su bata del mismo color miel que su
camisón, cruzó las piernas y brazos y levantó la vista. A su costado derecho la
salida, enfrente de ella la realidad. Este
hombre no puede tapar el dentífrico dios mio! Se lo digo cada día… negaba
la cabeza como si le hablase a una pared. Cuando tomó su reproche y lo colocó
en una copa de vidrio que lo sostenía, vio unas manos familiares, subió la
mirada y se vio. Ahí estaba. Su pelo rubio desgastado, sus ojos hinchados
sostenidos por unas ojeras profundas que desembocaban en un rostro consumido
por pastillas para dormir. Apenas resaltaban sus cristales verdes ocultos tras
parpados que esquivaban la mirada del espejo. Delante de ella una repisa llena
de cremas importadas. En la punta un blíster de pastillas blancas, las tomó
como siempre y salió. Se dirigió a la habitación y con un vaso de agua que tomó
en el camino, apoyó una de las pastillas en la mesa de luz de su marido… Cuando vuelva no quiero verla, te conozco, susurró.
Caminando de nuevo esta vez para
el balcón de la habitación que daba a la playa escuchó un sonido y al grito de Atendé Jorge, siguió su destino.
Finalmente su estadía duró segundos ya que volvió apurada a atender… Siempre con tu manía de que dejen mensaje,
para qué tenemos teléfono?! … Pero no logró levantar el tubo, se bloqueó y cortaron.
De pronto volvió a sonar, Sí diga, respondió
ella. Ema soy Lucas, ya están lo de tu
marido, cuando vas a pasar por el estudio, necesitamos que firmes los papeles
de las propiedades. – Ya voy a ir Lucas. Tomando el tubo con la otra mano
cortó rápidamente y volvió al balcón. En su camino vio de reojo la mesa de luz
de su marido. La pastilla seguí intacta y el agua copiaba su comportamiento. Jorge por Dios, quedamos muy bien que si
tomabas la pastilla no te molestaba más, dijo cansada tomando un poco de
agua del vaso mientras sostenía el comprimido con la otra. Apoyó el mismo en la
mesa nuevamente y dejó caer sus manos sobre las piernas como cualquier
jovencita decepcionada. Miró a su frente y una brisa de mar entró por la puerta
de vidrio abierta de par en par, escondida detrás de unas cortinas blancas
largas que bailaban como carnaval. Jorge
vení!... Jorge! Dale mira está amaneciendo, te gusta eso no?, dijo
sonriendo entre tanta decadencia. De pronto dio media vuelta su cuerpo y miró
atrás. No había nadie. Se levanto rápidamente y ahora mirando la cama lo
comprendió. Miro de nuevo la pastilla que sostenía hacia minutos y volvió a
mirar adelante. Frente a ella una cama de dos plazas con un lujoso acolchado
bordado negro y blanco, pero vacío. Dio un paso hacia atrás, soltó el
comprimido y empezó a llorar desconsoladamente. Salió al balcón, se sentó en el
borde apoyando su espalda contra la pared del mismo y disfrutó el primer
amanecer sola. Se había enamorado en un momento igual y ahora tendría que
aprender a vivir viéndolo sin compañía, pues su marido ya no estaría viviendo
con ella y su fatal enfermedad. Ahora la miraría desde el cielo o como ella
prefiere decirlo, la acompaña a su lado en cada paso. Para comprobarlo le
contagió las manías que tenía todos los días, aunque ahora ya no se enoje y
sepa que era ella, quien las hacia inconscientemente.
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