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domingo, 18 de septiembre de 2011

SIN CONCIENCIA


Vivía en una casona antigua, ligeramente reciclada al gusto del mejor diseñador. Los grandes sillones blancos se reflejaban en los adornos de vidrio, que minuciosamente estaban a un lado de los portarretratos familiares. Esa sucesión de fotos que saltaban de un momento feliz a otro. El sol entraba suavemente por entre las cortinas opacas del living y el sonido del aire perfecto descansaba por sobre el ambiente. En las paredes, los cuadros más costosos que el dinero pueda comprar. Creía tenerlo todo: su exitosa carrera como arquitecta, la casa de sus sueños y  los planes para un próximo bebé. Una tarde de diciembre todo cambió.

Se cansó de llorar por ese rouge que descansaba en una camisa húmeda por el sudor, que esperaba ser lavada en minutos. Apoyada contra la pared de azulejos blancos relucientes, cada lágrima que corría por sus pómulos aumentaba la velocidad de su pulso. Sus manos temblaban escondidas en su espalda. Su mirada perdida reflejaba  desesperación. No entendía el motivo, no quería asumirlo. Lo sospechaba hacia dos meses pero la idea de su matrimonio perfecto le hacia creer que era sólo su imaginación. Se secaba rápidamente las lágrimas mientras pensaba su siguiente jugada. Tenía que ser más inteligente que aquella mancha. Tomando su celular marcó el número de su mejor amiga .

Una conversación de 32 minutos tranquilizó a Victoria por un rato. Pero nada logró quitarle el nudo de la garganta que esperaba a gritos desatarse. Conversarlo con él sería una locura, le explicaba interiormente el orgullo que siempre vivió con ella. Tenía tres horas para lograr saber su siguiente jugada, antes de que su marido llegase de la conferencia que dio anoche en Los Ángeles.

Perdiendo aquella sensación que la mantenía contra la pared, tiró su celular sobre la mesada de la cocina y corriendo hacia el dormitorio abrió de un portazo la recámara, donde cada noche compartía su vida con aquel hombre, que hoy decidía hacerlo también con otra. Apurada, intentada encontrar otra pista que la llevase a la extraña. Abrió cada maleta, quitó toda la ropa del placar. La tiró desesperadamente sobre el somier cubierto con el acolchado de plumas que compraron en su luna de miel. El ruido de perchas chocando entre sí, el abrir de puertas, y la lluvia de zapatos importados creaban la armonía más extraña que había vivido… De pronto su corazón dejó de latir… Un frío cubrió su pecho, y la foto que sostenía desde hacia dos segundos en sus manos se desplomó hacia la alfombra gris. Dio un paso atrás y tapándose la boca con las manos, gritó fuertemente mientras seguía mirando hacia el suelo. Su enemigo estaba allí. No podía competir con él, no tenía las fuerzas para enfrentarlo.

Quedaba una hora. En la cuenta regresiva de un futuro indeciso sus ideas comenzaron a tener sentido. Tomando una valija roja que no usaba desde aquel viaje a Marruecos, comenzó a apilar sus trajes y prendas favoritas. Lo necesario para huir rápidamente sin dejar rastros. Mil caminos se abrían a la posibilidad de un destino que sólo ella decidiría. No podía soportar la idea de competir de nuevo. Esta vez era la titular de aquella pelea entre las mismas mujeres.

Al instante en que termina de cerrar el cierre negro y así empujar la valija al suelo, la puerta de madera de roble de la entrada se entorna, dejándolo pasar finalmente del viaje. Estaba allí. En la otra punta de la casa entrando mientras ella estaba perpleja en la habitación intentando que no la viera. “Amor!... se que estas jaja, vi tu sombra corriendo al vestidor… no me vas a saludar?” .


Jamás pensó tener el valor de hacerlo. La tomó de un extremo con el mayor coraje posible y enfrentó a su rival. A paso lento y con los ojos llenos de lágrimas, llegó al living ubicándosela de frente a él. La cara de éste se transformó y gritando “Victoria te puedo explicar” dio un paso atrás como señal de pánico. Al mismo tiempo, el celular del recién llegado comenzó a sonar, el número de su enemiga allí figuraba. Ahora tendría que elegir si la llamada o la persona a su frente valdrían la pena. Finalmente tomó la decisión de atender a su ex esposa, su amante. Al instante en que lo hizo, Victoria levantó el revolver que llevaba en su mano y dirigiéndose desde su extremo al centro de la empuñadura, se colocó el cañón en su cien. El celular de él cayó al piso inmediatamente, la empujó hacia la pared y intentó quitarle el arma tirándola a ella al suelo.

En el hall exterior de entrada a la casa, la mucama llegaba. Caminar rápido era su rutina diaria por miedo a las llegadas tardes. Pero fue ese instante que el grito de dolor de adentro de la casa la frenó con la llave en la cerradura, con el miedo a girarla para abrir. Miró de frente la puerta de roble cerrada y a través de ella escuchó el disparo vencedor. A continuación el grito de dolor de una mujer herida. Entró corriendo al living, arrojando las bolsas de supermercado que llevaba en la mano y la vio allí mismo. Estaba tiesa, inmóvil.

“Esta vez gané yo, lástima que no te pudiste despedir…” Susurró Victoria a través del teléfono que tenía en su mano, mientras miraba el cadáver de su marido en el piso de mármol .