Mientras jugaba con sus muñecas de porcelana, sentada sobre su alfombra roja importada de algún viaje exótico, desconocía como terminaría la historia. Se escapaba de la realidad imaginando mundos románticos entre juguetes que muchas veces dejaba de lado por creerse grande. En esos momentos que se probaba tacones que ya su madre asumía desaparecidos. Ahora dormían en el placar de roble claro que adornaba su tan prolija alcoba. Con sólo seis años podía diferenciar la actual atmosfera en la que vivía a diario. Su gran casona eran ocho habitaciones llenas de recuerdos y porta retratos que saltaban de un momento feliz a otro, de gente que estuvo cerca y otras que se fueron alejando cuando su anfitriona empezó a crecer, al igual que los momentos difíciles.
Dejando por un instante la casa de muñecas que miraba desde hacia unos segundos con tanta melancolía, retrocedió medio centímetro hacia atrás, colocando sus manos detrás de la espalda y corriendo su cuerpo sentado, mientras tanteaba el control remoto. Ahora su atención era completamente ganada por el televisor plano que tenía arriba de aquel escritorio blanco. Su foto en la pantalla y un titular conmovedor que no sabía leer todavía, hacían reír a la niña. Abajo una cuenta bancaria para depósitos de una esperanza que sus padres tenían desde hace meses. Aquella sonrisa era el milagro que los hacía vivir cada día.
De pronto unas nauseas quitan la expresión de su cara y la hacen correr al baño cercano, al mismo tiempo que la corrida de su madre se siente por los pisos llenos de bloques de juguetes. Tomándola de la espalda llenaba el aire de frases dulces que harían olvidar cualquier daño. Un beso, un abraso y de nuevo a jugar, que esto también pasará.
Un vestido rojo de encaje delicado en sus bordes, combinaba con sus zapatitos de charol de mismo color que una navidad Papá Noel le trajo para sorprenderla. Ahora sentadas ambas en la pequeña mesita de té se transportaban a su mundo privado de responsabilidades y remedios. Chistes y más historias graciosas contaba la adulta hada que estaba con ella. Todo lo que necesitaba para evitar los malhumores habituales que el sueño obligado le daba a la niña. Preparadas y huecas en su interior, la hada colocaba sus pastillas al lado des panecillos con miel, mientras que hacía lo mismo con las reales para la princesita. Un sorbo de las tazas de porcelana azul, una pastilla cada una y un trozo de panecillos. Risas cómplices y volvía a comenzar el juego. Y el secreto quedaban ahí, todo era un juego entre las grandes amigas.
“Nunca seré igual que cualquier niña mamá, yo tengo ese que se yo que me hace tan especial” … y la respuesta de la hada siempre coincidía en la misma frase: “Nunca serás igual por que sos únicamente hermosa”.
Meses después las tardes encarceladas dentro de la casona fueron calladas materialmente por telas que ocultaban la sonrisa. Pero que no lograban quitársela de los ojos a la princesita. La hada intentando imitarla tomó la misma actitud y se calló para hablar con sus ojos verdes que después heredó la pequeña.
Finalmente ambas decidieron emprender la última aventura. Prepararon los materiales para el nuevo juego. La hada se sentó en una pequeña silla, atrás de ella la princesita se paró en pequeñas puntitas de pies con sus zapatillas blancas, sus jeans azules de botamanga poco notable y su musculosa rosa. En su cabeza un diminuto pañuelo que se quitó para atar en la cabeza de su madre que ahora carecía de pelo como ella, pero por propia voluntad. Ambas descubrieron que el amor, hace evitar la explicación de una operación que retrasó el final feliz y aceleró los efectos de un cáncer infantil.

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