Sus ojos se abrieron poco a poco, mientras escapaba del reflejo del sol que resbalaba por su reloj y rebotaba en su cara tostada por un largo bronceado. Una cama de dos plazas cubierta por un acolchado de plumas blanco se reposaba desordenado sobre ella, quien horas antes había tenido una lucha por quitárselo dormida. Juntando pétalos imaginarios sobre las sabanas, tanteaba el celular negro que dejó de ser táctil tras varias caídas. Su cara dormida decía más que mil palabras, y sus ojos hinchados describían una tristeza imborrable. Sentándose en el borde de la cama y con un leve movimiento de pies, se calzó unas viejas pantuflas rojas que siempre usaba. Comenzó a caminar por su habitación en círculos, como si no encontrase la esquina indicada. De repente su mano derecha comenzó a temblar, su celular vibraba como un grito de desesperación. Mirando la pantalla descubrió que la razón por la que lloró tantas horas, ahora la llamaba. Ya no entendía por qué lo hacía, pero otra vez cortó sin atender, que deje mensaje si tanto importa… pensó por un instante. Tiró su teléfono a la cama y corrió a esconderse en el baño, como si nadie pudiese verla. Cerrando la puerta de roble oscuro, tomando la manija de bronce empujó la misma con sus manos haciendo fuerza mientras golpeaba a su nuevo enemigo de madera. Sus ojos otra vez cristalinos se vieron en el gran espejo que ocupaba la mayor parte de la pared. Podía esconderse de todo, menos de ella misma. Tomó su corrector y comenzó a ocultar bolsas que tanto odiaba. Intentaba sonreír pero nada le causaba gracia. Después de una larga lucha su cara se pareció de nuevo a su antiguo rostro. Cada prenda que juntaba del piso tenía su olor impregnado, como un castigo por cada segundo que le dio de su vida. Afuera, la tarde de un sábado hacia vivir a cualquier ser humano que caminaba por la calle. Ella en cambio prefería sentarse en el balcón antiguo que tantas veces sirvió para pensar las jugadas de su vida. Después de ordenar, desayunar por obligación y leer noticias que poca atención le prestó en un diario viejo, se sentó derecha en su reposera mirando a la playa que tenía como paisaje. De pronto se acordó de un detalle. Estaría sola por mucho tiempo.
Ahora era diferente, el guardarropa ocultaba más que simples trajes de Dior, más que perfumes de viajes al exterior.
En el piso de parqué, tirada como si fuese un volante que te dan en la calle, estaba aquella tarjeta que odiaría el resto de su vida, pero que recordaría como si fuese esa posibilidad de haber sido feliz. En la otra punta estaba ella. Mirándola como si pudiese tener el valor de levantarla con sus ojos y hacerla desaparecer. Respiró hondo, se levantó y arrastrando los pies como si los tuviese pegados al piso se deslizó. La tomó de un extremo y sin leerla la llevó consigo unos metros hasta el ropero. Se sentó en el piso, cruzando las piernas y miró fijamente una gran caja que tenía enfrente suyo. Con las manos temblorosas como muertas de frío, desató el gran moño que la envolvía como una joya. Quitó papel por papel que lo cubría y lo vio finalmente. Guardado hacía una semana para la gran ocasión la enfrentaba como un puñal en el pecho. Fue en ese momento donde una leve sonrisa broto forzadamente. Era su salvación. Comenzó a reír sin contener nada. No entendía que pasaba, pero las carcajadas superaron las lágrimas que caían desde hacía un rato. Se reincorporó, volvió a su cama, tomó su bolso, sus llaves y decidió seguir viviendo. Pero antes de irse, se acercó a la caja y rompió la tarjeta de casamiento que ahora descansa en pedazos sobre aquel vestido de novia que sólo uso para esperar en un altar donde el novio nunca llegó.
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