Una peatonal llena de gente apurada, que iba de un lado al otro gritando, hablando por teléfono y que corría por momentos empujando accidentalmente a su vecino, era el escenario de aquella tarde de noviembre que funcionaría como un día normal para Sergio. Un maniquí que lo observaba de reojo prestándole la atención que muchos le negaban, descansaba en la vidriera del local enfrente. Nadie le haría un homenaje a un joven sentado en una silla, pero aun así él seguía disfrutando del sol de media tarde. Sólo tenía un pincel, unos cuadros en blanco, unas cuantas pinturas y un cartel que en varios idiomas que manifestaba el agradecimiento a las donaciones que le servirían más tarde, para comprar las materias primas de aquellas obras maestras. Mientras tanto la gente seguía caminando sin detenerse todavía, sólo relojeando con curiosidad a la joven que lo entrevistaba de cuclillas.
De niño los lápices y hojas fueron sus mejores amigos y a partir de los trece empezó a perfeccionarse en ello. La esperanza de mostrar que se puede en la vida, lo llevó hace 15 años a presentarse como artista callejero y más de 6, en ubicarse sobre las aceras de la calle Florida, en Capital Federal. Sintiendo que rompe barreras, presenta sus obras donde la mayoría de público lo observa con admiración, en especial los niños.
Una que otra persona le compraría más tarde los retratos que a $60.- vende sin valorar lo que realmente significa tanta destreza. “Las ventas son una lotería” indicaba al preguntarle la cantidad vendida en un día, pues para él dependerá de la suerte y necesidad de las personas exactas que pasen a su lado. Un trabajo que comienza en unos minutos, le toma alrededor de cuatro horas para dibujarlo y pintarlo con sus acrílicos de tantos colores como el arco iris. Pues no son sólo retratos que un buen dibujante con talento podría lograr, sino que son la muestra de que una parálisis de nacimiento desde la cintura a su cabeza, provocó en aquel joven la esperanza de encontrar un motivo de vivir. Pintando con las extremidades de sus pies Sergio Hernández provoca una sonrisa en cada persona que se detiene a verlo, que lo observa de lejos o simplemente lo ve por distracción durante unos segundos.
“Para mi mis pies son mis manos, en mi casa me manejo con ellos prendiendo la computadora y manejando todo.” Fueron las palabras que simplificaron su vida diariamente. Siendo hijo único de una familia cuyo padre falleció y su madre lo acompaña a diario, siente que es una de la razones que le da fuerza cada tarde para sentarse frente a una multitud de desconocidos que lo admiraran o criticaran según el estado de animo que tengan en ese momento. Un calor de 20 grados protege las pinturas y le da el ánimo a seguir trabajando.
Tras obtener medalla de oro en los torneos juveniles bonaerenses en 1998 y viajando al vaticano para estar frente al papa Juan Pablo II en el año 1999 donde se le entregó un reconocimiento, hoy en día se encontraba tratando de sobrevivir con sus ventas sin comentar aquello. Un pequeño secreto que pocos saben y que muchos ignoran. Sumado a ello, dos sueños en la vida tiene a diario: formar una familia y que sus pinturas recorran el mundo.
Al tomar unas cuantas fotos de su trabajo, la multitud empieza a asomarse. A su costado un hombre un poco mayor lo carga por la derrota de su equipo de fútbol el pasado 16 de noviembre. Otras sonrisas brotan del artista, mientras ahora es él quien interroga a su entrevistadora preguntándole sobre su equipo de fútbol preferido para seguir conversando. Un carrito con una niña pequeña se detiene frente al joven de 28 años que sigue pintando. El hombre que lo llevaba, mira con asombro como si fuera algo irreal, la mujercita ríe y ríe a carcajadas de alegría y felicidad, señalándole a su padre lo asombrada que está del joven que sin pedir nada a cambio la saluda de reojo.
Minutos más tarde, padre e hija se retiran, ahora solo quedan algunas personas que lo siguen admirando en silencio y algunos flashes de las cámaras de aquellos dos turistas estadounidenses que desde lejos lo miran, le sirven de aliento solo si pudo verlos. El tiempo pasa y la gente sigue con su rutina, unos veinte minutos después ya él solo, sigue pintando con la misma pasión que al principio. Y así estará día tras día, haga frío o calor, sea temporada de turistas o no. “Me caeré veinte veces y me levantaré treinta más, por que la vida siempre te da desafíos y a mí cada día me bendice más y más.”

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